miércoles, febrero 26, 2014

Buenas Practicas en Servicios de Salud Rural / Premio Vladimir Roslik

Ayer en un emotivo acto se realizó a iniciativa del Ministerio de Salud Pública, el lanzamiento del este premio que  busca estimular las mejora continua en los servicios rurales.

Si bien la iniciativa es interesante por el contenido, la forma es a lo que me quiero referir.


Es una caricia para la memoria colectiva que este premio lleve el nombre de un colega, que vivió y ejerció como médico en el medio rural, en la colonia de inmigrantes rusos de San Javier, en Río Negro.

Su vida y su muerte y ahora la memoria que se genera, son en si mismos un signo interesante. Nacido en 1943 se graduó de médico en la ex URSS en la Universidad Patrice Lumumba.

Es asesinado bajo tortura en el batallón número 9 de Fray Bentos el 16 de abril de 1984, constituyéndose así en el último muerto de la dictadura uruguaya, al menos que se tenga noticia.




"Todo esta guardado en la memoria,
sueño de la vida y de la historia.
La memoria despierta para herir
a los pueblos dormidos
que no la dejan vivir 
libre como el viento"

Leon Gieco / La Memoria (de Bandidos Rurales, 2001)

Para leer mas sobre la biografía de Vladimir Roslik: http://www.smu.org.uy/publicaciones/noticias/noticias98/art16.htm
Cito de la mencionada web del Sindicato Médico del Uruguay:

"En esta etapa de su vida inició el largo noviazgo con Mary Zabalkin que culminaría el 15 de julio de 1977, cuando contrajeron nupcias. Con Mary, que era 12 años menor que él, vivió una profunda relación de pareja, compartiendo el gusto por la vida de pueblo y apoyándola en sus estudios avanzados de inglés. No tuvieron hijos hasta siete años después de la boda, y esta decisión estuvo quizás en parte impulsada por la detención por doce meses que debió padecer el doctor Roslik, conociendo el Penal de Libertad de funesta memoria, así como la tortura sistemática.
Fue el 29 de abril de 1980, previo al feriado del 1º de mayo, que se desplegó un gran operativo por las fuerzas armadas en San Javier, un despliegue desproporcional, con una parafernalia de tropas en camiones, que en la alta noche «invadieron» un pueblo asustado y dormido, llevando detenidos a un grupo de hombres que no llegaban a entender lo que les pasaba y siguieron sin saberlo en las largas horas del silencioso tormento del «plantón».
Ese largo año supo de golpes, asfixias, martirio eléctrico y todos esos apremios que debió padecer un porcentaje de la población uruguaya y latinoamericana en la década del 70. Inevitablemente, este sufrimiento dejó una profunda cicatriz en un hombre que era, además de médico, un humanista y que jamás llegó a entender ni justificar tal vesania; el ataque y el martirio de seres que no respondían a las culpas esgrimidas, por tanto incapaces de defensa o respuesta. La tela áspera de la capucha cubriéndole la cabeza era un monstruoso sombrero grande que le impedía ver a sus captores, pero era también una opresión constante, una sensación de enrarecimiento del aire inspirado que lo acompañó mucho después de su liberación el 24 de julio al atardecer.
Durante su primera detención murió su madre, de tristeza según algunos vecinos, que la visitaban en el hospital y que permanentemente llamaba a su Valodia. Amén del dolor de la muerte de su madre, sus amigos vieron cambios en el temperamento del doctor que se volvió mucho más reservado, y parecía estar permanentemente esperando que vinieran por él.
Pocos sabían de las amenazas recibidas en cautiverio, pero muchos le sugirieron que como tantos otros uruguayos emigrara, alejándose de ese peligro casi inevitable. La respuesta fue siempre la misma: «No me voy a ir de la tierra que eligieron mis mayores para vivir, acá nací y me crié, y ahora quiero darle a mi gente lo que sé hacer». En esa actitud se mantuvo hasta el 15 de abril.
Nuevo retorno, que no es un pleonasmo porque tuvo que rehacer todo, pasando por la angustia de la inhabilitación para ejercer, la ausencia materna y muchas sombras que lo acompañarían en su «libertad vigilada» hasta el cercano fin de sus días.
Ese sufrimiento lo llevó inevitablemente a una visión casi paranoica de la vida, a sentirse espiado, a esperar en cualquier momento una nueva detención, y con ella otra vez la humillante tortura; el gran alivio de esta etapa, hacia el final de la vida del doctor Roslik, fue el embarazo y nacimiento de su único hijo, Valery. Los excesivos cariños de un padre veterano, la aprensión, los temores a la más mínima fiebre, tos o erupción, los brazos que acunan ofrecidos, fuente inevitable de «mañas» infantiles, fueron un cálido apoyo para este hombre estigmatizado. Esta etapa final, los últimos años en la vida de Vladimir fueron sin duda los peores de su existencia, donde tuvo como único refugio su familia, fue indudablemente un espejo real de lo que pasaba en el resto del país. Detenido el 15 de abril sin acusación coherente, vinculándolo a una supuesta célula subversiva que nunca se comprobó, solo se sacaron como sospechosas pruebas fotográficas de bastones y espadas de utilería de fiestas tradicionales rusas, con que se festejaron desde que la colonia rusa llegó a estas costas traída por el presidente de la república, don José Batlle y Ordóñez, a quien siempre le estuvieron agradecidos y votaron como también lo hizo la familia Roslik"