lunes, septiembre 12, 2016

1973 / Allá donde todo aquel setiembre, no alcanzó para llevarse la tempestad


1973; no se cayó ninguna torre,
se nos desmoronó un poco mas
la moral.

El dolor siempre duele,
mas duele diferente
cuando quema a lo lejos
que cuando quema
hermanos cercanos.

Cada quien ha tenido
su propio
once de setiembre,
cada cual sabrá
analizar porqué.

Algunos mas próximos,
mas prójimos.
Algunos mas lejanos
mas foráneos,
menos verosímiles,
con mas promoción.

Esencial es no olvidar
como llegamos
hasta estos tan crueles
albores primaverales
nuestros,
tan manchados,
tan molidos,
tan silenciados

y mas importante aún
recordar, siempre recordar,
como salimos de ese dolor
maltrechos, heridos
algunos sin sus manos
otros sin hermanos.

Quizá sin manos,
pero todos,
codo con codo
cantado, gritando,
con esperanza,
por la libertad.


En 1991 llegué por vez primera a Santiago de Chile. Allí en el frente de la Casa de la Moneda, estaban los orificios de bala en el muro, en las columnas, testimonio visible de esta deshonra a la democracia y al Pueblo.

Mas de 10 años despues volvímos a Santiago, ya con hijos. El posmodernismo o quien sabe qué, ha hecho que no me fuera posible encontrar esas cicatrices en el edificio, que quería mostrar a mis hijos y que me ayudarían a contar la historia de las heridas. ¡Qué pena! Las cicatrices son las marcas que el dolor ha dejado y que sanando, dan sentido al futuro. Sin embargo es necesario tenerlas a la vista. HmP

Allá donde mil poesías gritaron 
cuando le cortaron al poeta sus manos
Uy uy uy si hasta el cóndor lloró.
(L. Gieco)